martes, 22 de marzo de 2011

Mundo ferroviario

Tuve la buena fortuna de viajar la semana pasada en tren desde Retiro hasta Del Viso, QUÉ LINDO, cómo me gusta andar en tren. Llegué a percibir hasta su olor, hay algo que se impregna desde la nariz hasta los huesos que sólo se huele en las estaciones de tren, es un aroma más que especial. La densidad del aire es particular, el ritmo del movimiento de los que por ahí circulan también tiene su tempo propio. Las caras, el pelo, la ropa, el modo de sentarse en un banco del andén para esperar  el tren, el tipo de letra de los carteles que ofrecen el mundo entero mientras se hace tiempo hasta que se siente el ruido infernal de la locomotora, no sé, todo parece eterno, atemporal.
Con muchos viajes hechos en mi infancia, puedo sentir que el tiempo no ha pasado y que ciertos ancianos que caminan como fantasmas son los mismos que había visto hace unos 35 años. Insisto, no hay moda, sólo un modo, el ferroviario. La sensación de ver el horizonte recortado por naturaleza o civilización, chicos que saludan desde el llano y esperaban la pasada del convoy como el último evento interesante del día. Sacar la cabeza por la ventana, cerrar los ojos y sentir como propio todo ese aire que los vagones desplazan y terminan depositando en mi cara. O en la misma posición con los ojos bien abiertos para impregnar en las pupilas toda esa vorágine  que pasa frente a nosotros, percibiendo una velocidad realmente mayor a la real.
Me voy a dormir, sigo mañana. Voy a descansar pensando en el tren

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