domingo, 8 de noviembre de 2009

Taza

Es un elemento tan básico que casi nadie se dedica a analizarlo. Verlas en el secador de la cocina nos transportan al día en que las usamos, con quiénes estábamos, en qué ocasión, y todo teñido del sentimiento en el que se basó su uso. Lo más probable es no pensarlas, a lo sumo su contenido, pero es casi automático abrir la alacena, sacar una y llenarla en soledad, o disponerlas en una mesa para compartir (vaya uno a saber qué).
Ahora, cuando se las piensa, es porque algo fuera de lo habitual ocurrirá, desde visitas o festejos, hasta embalarlas para regalar. Regalar tazas, para un casamiento, alguien que se muda, reducción del propio hogar…, siempre vienen acompañadas por algún hito, por lo general importante. Y comenzamos acordando en el poco tiempo mental que les dedicamos…
También están las heredadas, que las usaron personas que sólo vimos a través de relatos. ¿Será una transmisión amorosa del uso diario? Sin duda que todas acarrean historia: las de melamina para que los chicos no las rompan, las de porcelana pintadas a mano, los cacharros que resisten el maltrato, las despintadas que aún conservan calor humano…, son tantas como personas que las portan, las personalizan.
Sin embargo, cuando se rompen, es un simple objeto el que se va, los recuerdos y el amor quedan en el corazón.

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