jueves, 22 de octubre de 2009

Tierra o barro

Qué dificil vivir en una ciudad sin infraestructura urbana. Parece una paradoja, pero en nuestra patria, son muchos. Viven a una o dos cuadras de una gran avenida, ruta o arteria asfaltada, pero tragan polvo cada vez que pasa un auto. Qué difícil ha de ser no acumular bronca por cada nube de talco marrón que ensucia la ropa tendida afuera, se acumula en capas sobre la cabeza, entra hasta por la menor rendija de la casa, anulando cualquier proyecto de barrido o limpieza de muebles.
"¿Por qué?" se preguntarán ellos, "¿Por qué?" reitero yo. El desequilibrio, amén de lo injusto, genera una gran paleta de sensaciones, casi opuestas en uno y otro extremo. En los que pasan, dejan el polvo y es van..., se produce algo al pasar. Después se sigue en otros lugares sin tierra y eso queda allá "lejos". Don Ata cantaba, "las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas..." y Ricardo Mollo con Divididos lo gritaba tan visceralmente, que parecía partirse al cantarlo.
Los que viven en estas calles de tierra, ven pasar: los autos que se van y dejan humo marrón, los vecinos con sus bicicletas y también los vecinos que tienen autos y se las ingenian para no levantar tanto polvo. Porque ellos saben cómo es. ¿Es necesrio vivir ahí para darse cuenta cuán molesto es tragar tierra todo el día?
En más de un reclamo social se usa la frase "todos somos..." (y se completa con la víctima de la ocasión). Siempre me revelé ante este planteo, no se necesita "ser" el otro para comprenderlo, para salirse de uno aunque sea desde el pensamiento e instalarse en su piel.
Este ejercicio es muy recomendable, ver el mundo por un rato nomás, con los ojos del otro. Al volver a nuestra mirada, no sólo estaremos enriquecidos, vamos a valorar y apreciar más lo que nos toca. Gracias a mis conégeneres por permitir que abra mi corazón.

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